
Confiar y cuidar
Cuando era niño en Venezuela, recuerdo haber visto pequeñas plantas que brotaban de las estrechas grietas entre el asfalto de las carreteras y las aceras de concreto.
Allí, rodeada de concreto, expuesta al calor, en un lugar donde difícilmente esperaríamos que algo creciera, una pequeña semilla había encontrado la manera de abrirse paso hacia la vida. Contra toda apariencia, todavía existía una posibilidad.
Esa imagen se quedó conmigo y suele volver a mi memoria cuando algo en mi propia vida se ha venido abajo.
Cuando cuidar se convierte en controlar
Nos importan tantas cosas: nuestra familia, nuestras relaciones, nuestro trabajo, nuestra salud, nuestro futuro. La vida requiere esfuerzo y, precisamente porque nos importa, perseveramos. Y eso no tiene nada de malo.
Pero vivimos en una sociedad que valora enormemente la productividad y los logros. Cuanto más nos esforzamos por hacer que las cosas sucedan, más fácil resulta empezar a creer que nuestra felicidad depende de que la vida se desarrolle según nuestras expectativas.
Queremos que una relación funcione, que una oportunidad se concrete, que nuestra salud se mantenga fuerte y que nuestros seres queridos estén a salvo. Y cuando las cosas no salen como esperábamos, sufrimos no solo por lo ocurrido, sino también porque la vida no se está comportando como creemos que debería.
A veces, lo que se derrumba es mucho más que un plan. Es toda nuestra visión de cómo se suponía que sería la felicidad.
¿Cómo soltamos algo que deseábamos profundamente sin perder nuestro entusiasmo por la vida? El consejo habitual es confiar. Pero ¿confiar en qué? ¿En qué podemos confiar cuando la vida no ha resultado como esperábamos?
Lo que sucede al sentarme a meditar
Mi propia respuesta surge de mi práctica de meditación.
Ha habido días en los que me siento en mi cojín completamente desalentado, cargando el peso de una decepción, una preocupación o una pérdida.
Mientras permanezco en silencio y comienzo a aflojar mi apego a los pensamientos que me inquietan, a menudo sucede algo inesperado. Debajo de tanto pensar, empieza a desplegarse un proceso natural de duelo. Es casi como si llorara silenciosamente en mi corazón, permitiéndome sentir y aceptar lo que ha sucedido.
Y entonces, a veces como surgida de la nada, aparece una profunda sensación de paz. Hay algo inmensamente reconfortante en ella, como si la tierra misma de mi ser se estuviera preparando para que algo nuevo pudiera crecer.
A menudo, sin ningún esfuerzo deliberado de mi parte, comienzan a surgir nuevos impulsos: un pensamiento alegre, una perspectiva distinta, incluso una solución inesperada a un problema que me había estado preocupando.
No necesitas un cojín de meditación para vivir algo así. Lo mismo puede suceder durante una larga caminata, después de un buen llanto o tras una noche de sueño. Lo importante es que, por un momento, dejemos de aferrarnos, nos permitamos sentir lo sucedido y le demos espacio a la vida para moverse.
Esto es lo que he aprendido a confiar: la silenciosa capacidad regeneradora de la vida, que sigue moviéndose dentro de nosotros y a nuestro alrededor, incluso cuando la hemos perdido de vista. Es la misma extraordinaria capacidad de encontrar caminos que vemos en aquella plantita creciendo entre el asfalto.
Confiar en lo que todavía no podemos ver
Confiar en la vida no significa creer que todo sucede por alguna razón, que el sufrimiento es necesario o que una fuerza invisible organiza las circunstancias para nuestro beneficio.
Algunas experiencias son verdaderamente dolorosas. Algunas pérdidas son irreversibles y otras jamás revelarán una bendición oculta.
Pero aun cuando la vida nos ha quitado algo precioso, quizá todavía no sepamos todo lo que sigue siendo posible. Cuando algo que deseábamos profundamente se derrumba, podemos quedar tan aferrados a lo perdido que ya no logramos imaginar que la felicidad pueda adoptar otra forma.
Aquí es donde la confianza y el soltar se encuentran. Podemos dejar de insistir en que la vida nos satisfaga exactamente de la manera que imaginábamos, sin cerrarnos a lo que aún podría crecer. Como aquella pequeña planta, tal vez descubramos que la vida puede echar raíces en circunstancias que jamás habríamos elegido.
No podemos garantizar que suceda ni predecir qué forma tomará. Pero podemos mantenernos receptivos a esa posibilidad.
Confiar y cuidar
No tenemos que dejar de preocuparnos por nuestra vida. Podemos perseguir nuestros sueños, nutrir nuestras relaciones, proteger lo que nos importa y hacer lo posible por crear la vida que deseamos, quizá con un poco más de humildad respecto a lo que creemos que nos hará felices y un poco más de asombro ante lo que la vida todavía puede revelarnos.
Y cuando perdemos algo que amamos, soltar no significa fingir que no importaba. Significa permitirnos vivir el duelo por aquello que ya no puede ser, sin asumir que con ello se ha perdido todo lo bello y significativo.
Cuidar es participar de todo corazón en la vida. Confiar es permanecer abiertos a sus extraordinarias posibilidades, incluso cuando todavía no podemos verlas.




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