Aprender a acompañarme.
- Tomas Rodriguez
- 14 ene
- 4 Min. de lectura
Crecí en un hogar donde mi madre estaba desbordada por las circunstancias de su vida. Había atravesado tres partos muy difíciles y se encontraba casada con un hombre que, emocionalmente hablando, nunca había elegido realmente ser padre. Convertirse en esposo y proveedor fue algo que simplemente le ocurrió: más una obligación que aceptó que una vida que decidió abrazar conscientemente.
Mi padre cumplía con lo que la sociedad esperaba de él. Trabajaba, proveía y estaba formalmente presente. Pero emocionalmente, estaba en gran medida ausente. No solo por el trabajo, sino porque buena parte de su energía se iba en otros espacios: largas horas fuera de casa, a menudo bebiendo con amigos, viviendo una vida que todavía anhelaba libertad y aventura. Cuando las personas permiten que otros —o las circunstancias— decidan por ellas, el resentimiento puede crecer en silencio, y las responsabilidades suelen cargarse sin corazón.
Esa ausencia marcó profundamente a mi madre. Se sentía sola dentro del matrimonio, sin apoyo, agotada y emocionalmente sobrepasada. Con el tiempo, apareció la amargura, no como un defecto de carácter, sino como consecuencia de un desgaste emocional prolongado. Ese fue el entorno en el que nací.
Existe una idea presente en ciertas tradiciones espirituales: que elegimos el contexto en el que nacemos y que los hijos llegan con un propósito implícito al servicio del sistema familiar. Ya sea que se tome esta idea de forma literal o simbólica, resonó con mi experiencia. Al crecer en un hogar que se encaminaba al divorcio, me volví extremadamente sensible al estado emocional de mi madre. Mi atención no estaba orientada a mis propias necesidades, sino a las de ella.
Cuando una madre está desbordada, no puede estar plenamente disponible para sus hijos. Y así, muchas veces sin que nadie lo note, los roles se invierten. Los hijos aprenden a estar para el padre o la madre. Yo aprendí muy temprano que, para recibir la atención y el cuidado de mi madre, tenía dos opciones confiables: enfermarme o ocuparme de ella.
Para sentirme querido, aprendí a olvidarme de mí mismo y a sintonizar con las necesidades de los demás. Aprendí a ser “fuerte”, a apoyar, a portarme bien. Me convertí en un acompañante emocional para alguien que realmente lo necesitaba. Pero en ese proceso, poco a poco, me fui perdiendo.
Cuando un niño se convierte en cuidador, lo hace en busca de seguridad. Detrás de esa aparente madurez hay miedo: el miedo a que el frágil equilibrio del entorno se rompa en cualquier momento, y a sentir que es su responsabilidad mantenerlo. Un niño que vive con ese miedo no se siente libre para jugar, explorar o tomar riesgos. En cambio, se vuelve vigilante, constantemente ocupado en asegurar amor y estabilidad.
Cuando tu propósito principal es mantener la armonía a tu alrededor, queda muy poco espacio para cuidarte a ti mismo. No te preguntas qué quieres. Tus emociones se dejan de lado para poder manejar lo que en realidad le corresponde a un adulto.
Esta dinámica se intensificó después del divorcio de mis padres. Casi de un día para otro, quedamos prácticamente excluidos del lado de la familia de mi padre, la familia extendida a la que pertenecíamos. Lo que quedó fue una pequeña isla: mi madre, mis dos hermanos y yo. Junto con la ruptura emocional, llegaron también las dificultades económicas, ya que a mi padre le resultaba difícil sostener un apoyo constante para su antigua familia: algunos meses ayudaba como podía, y otros pasaban sin contacto ni asistencia.
Todo esto tuvo un impacto profundo en el adulto en el que me convertí.
En mis relaciones, empecé a notar lo fácil que me resultaba ignorar mis propias necesidades mientras atendía casi exclusivamente las necesidades y deseos de mi pareja. No era una decisión consciente; simplemente era la forma en que sabía estar en una relación. Muchas de mis relaciones no duraban más de unos pocos meses. Cuando terminaban, solía culpar a mis parejas por ser egoístas o exigentes, sin reconocer el papel que yo mismo estaba jugando.
Si no estás en contacto con tus propias necesidades y deseos —si tu vida interior está organizada alrededor de adaptarte y cuidar a los demás—, ¿cómo puedes sostener tu lugar en una relación? Las relaciones sanas requieren una negociación constante entre cercanía y autonomía, entre las necesidades compartidas y las individuales. Ambos miembros necesitan poder reconocer y expresar lo que sienten, y estar disponibles para escuchar y responder como un equipo.
Después de muchos intentos fallidos y de un proceso sostenido de introspección, empecé a darme cuenta de que en realidad no sabía qué quería, ni cómo expresarlo. A menudo esperaba que la otra persona supiera mágicamente lo que yo necesitaba, sin que yo tuviera que decirlo. Aceptar esto fue difícil. Sentí vergüenza al reconocer cuán desconectado estaba de mí mismo.
Lo que finalmente empezó a generar un cambio fue aprender a quedarme con mi propia experiencia interna. Al principio, fue muy difícil. Sentarme en quietud significaba enfrentar emociones y conflictos internos que había dejado de lado durante años en mi esfuerzo inconsciente por complacer a los demás. A través de la meditación y de una práctica constante de autoobservación —guiada por mi formación como coach— fui desarrollando, poco a poco, la capacidad de calmarme a mí mismo. Con el tiempo, estas prácticas se convirtieron en algo más: una forma de reconectar y honrar mis propios deseos y necesidades, de aceptarme, y de encontrar claridad y capacidad de acción allí donde antes solo había adaptación.
En ese sentido, hoy entiendo que el verdadero bienestar comienza con el autocuidado y el autorrespeto. Si no estás presente para ti mismo, tarde o temprano te será difícil estar para los demás: o te perderás a ti mismo y te sentirás agotado sin saber por qué, o empezarás a resentir a quienes quieres mientras intentas sostener el vínculo.
En un mes que celebra el amor y las relaciones, quizá valga la pena recordar esto: la relación más duradera que tendrás en tu vida es la que cultivas contigo mismo.

