Lo que damos a luz en el mundo
- Tomas Rodriguez
- 28 dic 2025
- 5 Min. de lectura
Reflexión de cierre de año
Todos somos creadores.
No solo los pintores, los músicos o los poetas — todos nosotros.
La mente misma es una fuerza creativa. Incluso en silencio, está constantemente dando forma a mundos internos: recuerdos, posibilidades, preocupaciones, juicios y sueños. Si te detienes un momento y observas, notarás este flujo creativo desplegándose por sí solo.
Los neurocientíficos llaman a esta actividad la red por defecto (default mode network), un sistema del cerebro que continúa generando pensamientos incluso cuando no estamos intentando pensar conscientemente. La psicología, por su parte, describe gran parte de nuestro comportamiento como influenciado por procesos inconscientes.
En otras palabras, una gran parte de lo que damos a luz en el mundo — nuestros estados de ánimo, reacciones, impulsos e interpretaciones — se crea de manera automática.
Esto no es ni bueno ni malo. Simplemente significa que participamos en nuestra vida mucho más desde lo inconsciente de lo que solemos reconocer.
Sin embargo, muchos de nosotros hemos conocido el lado doloroso de esta creatividad natural: la repetición de patrones internos que nos mantienen atrapados. Todos conocemos esa frase familiar que aparece en la mente, muchas veces dicha con resignación:
“Así soy yo.”
Un pensamiento repetido tantas veces que comienza a sentirse como una ley interna.Una historia tan antigua que termina convirtiéndose en identidad.
Pero aquí aparece un punto clave, especialmente relevante cuando un año llega a su fin: que un pensamiento se sientaverdadero no significa que sea nuestro destino. El cerebro está diseñado para repetir aquello que ha sido ensayado — incluyendo el diálogo interno. Las conexiones neuronales se fortalecen con el uso (“las neuronas que se activan juntas, se conectan juntas”), y por eso los hábitos emocionales antiguos se sienten tan naturales, incluso cuando nos limitan.
Esto no es una falla personal.
Esto es biología.
La mente prefiere lo familiar, incluso cuando lo familiar genera sufrimiento. Cambiar se siente difícil porque implica ir en contra de circuitos bien establecidos — no porque nos falte carácter o disciplina. Comprender esto puede ser profundamente liberador. La resistencia no es señal de fracaso; es simplemente el sistema nervioso haciendo lo que sabe hacer.
Y aun así, hay otra verdad igualmente importante, especialmente cuando miramos hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo:
El cerebro puede cambiar. A cualquier edad. A lo largo de toda la vida.
A esta capacidad se le llama neuroplasticidad, y significa que no somos solo el resultado de nuestros patrones pasados. También somos el resultado de las elecciones que practicamos día a día. Cuando repetimos una nueva forma de pensar o actuar — especialmente cuando tiene sentido para nosotros — se crean nuevas conexiones. Con el tiempo, la repetición se vuelve familiar; lo familiar, más fácil; y lo fácil, identidad.
Este es el milagro silencioso de ser humanos:somos tanto la creación como el creador.
Hace algunos años atravesé un período de depresión. Tenía muy poca motivación para hacer cualquier cosa. Con el tiempo comprendí que había sido detonado por la muerte de mi madre. Cuidarla se había convertido, sin que yo lo notara del todo, en uno de mis principales motores en la vida.
Este patrón comenzó temprano. De niño, después del divorcio de mis padres, vi a mi madre esforzarse enormemente por sacarnos adelante. Sin darme cuenta, asumí el rol de protector y sostén — quizás como una forma de crear algo de estabilidad emocional en un ambiente donde yo sentía muy poca. Con los años, se formó en mí un propósito profundo e inconsciente: para estar bien, para sentirme bien, tenía que cuidarla.
Cuando ella murió, no fue solo su ausencia lo que sentí. Fue como si hubiera desaparecido una base más profunda. Un sentido de propósito — que había moldeado mi identidad durante décadas — se perdió de golpe. En ese momento no lo entendí conscientemente. Estaba enterrado muy dentro de mí, entrelazado con la forma en que había aprendido a entender el mundo y mi lugar en él.
Salir de esa depresión tomó años — años de duelo, pero también años de soltar una antigua idea de quién era yo. A través de la meditación, la autoobservación y la terapia, fui recuperando poco a poco energía y sentido, pero solo cuando permití que una versión antigua de mí se disolviera para abrir espacio a algo nuevo.
No todas las personas tienen acceso a las herramientas o al acompañamiento que yo tuve. Muchas dejan de intentar cambiar porque la resignación parece más fácil que enfrentarse a viejos patrones. Pero la resignación va cerrando el corazón lentamente. Apaga la vitalidad y reduce el horizonte de posibilidades. El ser humano no está hecho para vivir creyendo que nada puede cambiar. El espíritu se marchita bajo ese peso.
Por eso, en este momento de cierre de año, te invito a escuchar con atención tus emociones, estados de ánimo y vivencias internas. Ellas revelan los lugares en los que te has acostumbrado a habitar. Y cuando la vida cambia — como inevitablemente lo hace — seguir viviendo implica adaptarse.
En la emoción está el dolor.En el dolor está la creencia.Y al hacernos conscientes de esa creencia, comienza la transformación.
En la tradición del yoga, existe una práctica diseñada para trabajar de manera consciente con este poder creativo de la mente. Se llama sankalpa, una palabra en sánscrito que significa:
“Una determinación que nace cuando mente, corazón y voluntad se alinean.”
Un sankalpa no es un deseo superficial ni una afirmación positiva. Es una intención profunda que surge cuando estamos en coherencia con nuestro deseo genuino de florecer como seres humanos. Nace de la autoobservación, de la compasión hacia nosotros mismos y del contacto con una paz interior que nos permite ver con mayor claridad.
Aquí tienes una forma sencilla de comenzar a trabajar con ello mientras este año se despide:
Pregúntate:
¿En qué área de mi vida siento incomodidad o malestar?
Intenta conectar con la emoción que hay debajo.
Luego pregúntate: Cuando me siento así, ¿qué estoy creyendo sobre mí y sobre la vida?
Escribe libremente, sin corregirte, hasta sentir que has expresado todo. Luego lee lo que escribiste e identifica el dolor central que aparece entre las palabras. En ese dolor se encuentra la creencia que necesita ser soltada.
Después pregúntate: ¿Cómo sería mi vida si dejara ir esa creencia?
Escribe nuevamente desde ese lugar. Lee lo que surge. Percibe la sensación que aparece.
A partir de allí, formula una frase corta — un sankalpa — que exprese ese nuevo estado interno.
Entonces, ¿con qué voz eliges cerrar este año y abrir el que viene?
En lugar del viejo diálogo interno —“Así soy yo” —puede comenzar a surgir una voz más suave:
“Estoy aprendiendo.Estoy practicando.Me estoy convirtiendo en alguien nuevo, una elección a la vez.”
Cada vez que eliges esta nueva voz, fortaleces un camino distinto en el cerebro. Cada vez que actúas desde allí, incluso de forma imperfecta, das lugar a una nueva posibilidad. Así es como los seres humanos realmente se transforman — no a través de grandes revelaciones, sino mediante una creación consciente y sostenida.
Mientras este año se cierra, te dejo esta invitación:
Elige una pequeña forma de ser que esté más alineada con la persona que deseas encarnar. Practícala con paciencia. Permite que la resistencia sea parte del camino, no un juicio sobre ti. Observa cada pequeño avance — porque cada uno es evidencia de que el cerebro, y el ser, están cambiando.
Siempre estás creando — incluso cuando no eres consciente de ello.Y eres más libre de lo que imaginas.
Que este cierre de año te recuerde que no estás fijo, que no estás terminado y que no estás atado a las historias del pasado.Eres una creación viva, en movimiento — y también el autor de lo que viene.





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